El libro que susurraba secretos del mar
EN UNA TARDE FRÍA DE INVIERNO al comienzo del año 2026 en Alicante, donde el viento procedente de la "Sierra de Aitana" susurra promesas de aventuras pasadas, cuando el paquete llegó a mi buzón. Dentro, envuelto en papel de burbujas que crujía como hojas secas, como un tesoro rescatado de un naufragio. Era "El Papa del Mar", una novela de Vicente Blasco Ibáñez, comprada en una de esas 'tiendas online' que parecen portales a otros tiempos: Hamelyn.
BREVE RESEÑA LITERARIA DE LA OBRA:
["El Papa del Mar", publicada en 1925 por Vicente Blasco Ibáñez, es una fascinante novela histórica que entrelaza el pasado con el presente. La trama principal gira en torno a la figura de Benedicto XIII, el controvertido "Papa Luna", un aragonés que se refugió en Peñíscola durante el Cisma de Occidente, también conocido como el Gran Cisma de la Iglesia Católica, tuvo lugar entre los años 1378 y 1417, resistiendo hasta el final su legitimidad papal. Paralelamente, el autor teje una historia romántica ficticia entre un joven poeta valenciano, Claudio Borja, y una acaudalada argentina, Rosaura Salcedo, ambientada en la misma localidad costera.
Blasco Ibáñez demuestra su maestría al combinar realismo, naturalismo e impresionismo, pintando vívidos paisajes mediterráneos y explorando temas como el poder eclesiástico, la ambición y el amor. Aunque algo extensa en descripciones, la novela cautiva por su rigor histórico y su narrativa fluida, ideal para amantes de la historia española con un toque de drama.
Una obra magna que merece ser redescubierta.]El libro, con su tapa desgastada por el paso del tiempo y el roce de manos curiosas, páginas amarillentas que huelen a sal, papel y tinta vieja, prometía una historia de papas rebeldes y mares indomables. Pero lo que no esperaba era que el verdadero relato se escondiera en su contraportada.
Allí, en la contraportada del libro, estampado con un sello de caucho descolorido por el paso del tiempo, figuraba impreso el nombre de su anterior propietario:
<<Carlos Pardo Delgado
Urbanización Las Lomas
Calle Valle de Arán, 33
Boadilla del Monte (Madrid)>>
Era como si el libro me invitara a un viaje no solo a través de sus palabras, sino a través de las vidas que lo habían tocado. Intrigado por el nombre que ahí aparece, decidí investigar. ¿Quién era este hombre cuya marca había sobrevivido al tiempo? ¿Estaría aun vivo...? ¿Aún caminaría por las calles empedradas de Boadilla, o habría partido hacia horizontes desconocidos?
La curiosidad me llevó a buscar, y lo que encontré fue un tapiz familiar tejido con hilos de mar, música y tradición. "Carlos Pardo Delgado", nacido en Santander en 1903, era hijo de Alfredo Pardo de Santayana y Ángeles Delgado Otaolaurruchi, en una familia cántabra con raíces profundas. Tuvo al menos ocho hermanos, como Eladia, María de los Ángeles, Pilar, Carmen y Ramón, en un hogar donde el mar ya susurraba promesas de aventuras. Él mismo se convirtió en oficial de la Armada Española, ascendiendo a contralmirante, agregado naval en Washington en los años cincuenta, comandante de buques que surcaban océanos reales. Vivió casi un siglo, hasta febrero de 2001, cuando se despidió en esa misma Boadilla del Monte, a los noventa y siete años.
Se casó con Aurelia Suárez Abelleira, una mujer de origen gallego que compartió con él una vida nómada por los destinos navales: de Santander a Palma de Mallorca, y más allá. Juntos tuvieron al menos siete hijos: Carlos, Ramón, Alfredo, Antonio, Fernando, María del Carmen y, el más conocido, Juan Ignacio (conocido artísticamente como Juan Pardo). Juan Ignacio (Juan Pardo) nacido el 11 de noviembre de 1942 en Palma de Mallorca (donde su padre estaba destinado en la base naval de Sóller).
"Carlos Pardo Delgado", orgulloso almirante, soñaba con que sus hijos siguieran sus pasos en la Armada. Cuatro de ellos lo hicieron, convirtiéndose en oficiales. Sin embargo, con Juan Ignacio (Juan Pardo) fue diferente. El joven fue rechazado en la Escuela Naval Militar por daltonismo, un detalle que rompió el molde familiar. Lejos de ser un fracaso, aquello liberó a Juan Ignacio para perseguir su verdadera pasión: la música. Se convirtió en un cantante y compositor legendario, parte de grupos como "Los Brincos" y "Juan y Junior", con éxitos como "Anduriña" que aún resuenan en España. Casado con Emilia "Emy" de la Cal, tuvo dos hijas, Teba y Lys, esta última también músico, con quien grabó duetos familiares años después.
La relación entre Carlos y Juan Ignacio (Juan Pardo) parece haber sido una de respeto mutuo y contrastes: el padre, anclado en la disciplina naval, vio cómo su hijo navegaba por mares de notas y escenarios, transformando la herencia familiar en algo nuevo y vibrante. Quizá en las noches de Boadilla, Carlos escuchaba las canciones de Juan con una sonrisa, reconociendo en ellas el eco de sus propios viajes.
Me imaginé entonces una escena que tal vez nunca ocurrió, pero que sentí verdadera:
Es el año 1968 o 1972, no importa exactamente. "Carlos Pardo Delgado", ya retirado, se sienta en el porche de su casa en Las Lomas. La urbanización aún conserva algo de la serenidad de los pueblos de antes, con pinos altos y jardines que huelen a romero. Tiene el libro en las manos, recién comprado por 595 pesetas en una librería del viejo Madrid. Lee despacio, como quien saborea un recuerdo.
Cada vez que aparece una descripción del mar Mediterráneo, cierra los ojos y revive el balanceo de sus propios barcos, el olor a brea y salitre, las noches en que el cielo parecía más grande que el agua. En algún momento, piensa en sus hijos: en los que surcan olas reales como él lo hizo, y en Juan, que surca olas de aplausos y melodías. "El mar nos une a todos", murmura, y busca un sello de caucho. Lo humedece con cuidado en el tampón de tinta Pelikan, lo aprieta contra la contraportada dejando su impronta impresa. No es solo marcar propiedad; es dejar constancia. «Este libro fue mío. Pasé sus hojas humedeciendo los dedos índice y pulgar. Yo estuve allí, en mares parecidos. Y mis hijos, cada uno a su modo, también».
Cada vez que aparece una descripción del mar Mediterráneo, cierra los ojos y revive el balanceo de sus propios barcos, el olor a brea y salitre, las noches en que el cielo parecía más grande que el agua. En algún momento, piensa en sus hijos: en los que surcan olas reales como él lo hizo, y en Juan, que surca olas de aplausos y melodías. "El mar nos une a todos", murmura, y busca un sello de caucho. Lo humedece con cuidado en el tampón de tinta Pelikan, lo aprieta contra la contraportada dejando su impronta impresa. No es solo marcar propiedad; es dejar constancia. «Este libro fue mío. Pasé sus hojas humedeciendo los dedos índice y pulgar. Yo estuve allí, en mares parecidos. Y mis hijos, cada uno a su modo, también».
Pasan los años. La casa cambia de manos. Los hijos se reparten libros y recuerdos. Alguien, quizá sin saber muy bien quién fue "Carlos Pardo Delgado", lleva la novela a una librería de segunda mano. De allí viaja a Hamelyn, y de Hamelyn llega hasta mí en esa fría tarde de invierno en Alicante.
Ahora, cada vez que abro el libro, siento que no estoy solo. Hay un eco. El eco de un hombre que navegó de verdad y que, al leer, navegó de nuevo. Un hombre que crió una familia donde el mar era herencia, pero donde un hijo eligió cantar en lugar de mandar barcos, transformando la rigidez naval en la libertad de la canción. Un hombre cuyo nombre permanece, aunque sea en una tinta que se desvanece lentamente, pero lo mantiene vivo en la memoria de esa contraportada de "El Papa del Mar"
A veces pienso en escribirle una carta imposible:
Querido Carlos:
Gracias por prestarme tu libro a mis casi 70 años de vida. Lo estoy cuidando. Cuando lo termine, lo dejaré entre otros libros en un estante, estará en buenas manos. Y cuando yo parta de este planeta algún día, quizás otro curioso mira la contraportada y se pregunta quién fuiste, yo estaré ahí, en silencio, para contarle que fuiste marino, padre de capitanes y de un cantautor que llenó España de melodías. Que viviste casi cien años, con una esposa fiel y una prole que honró tu legado, cada uno a su ritmo. Que, al menos una vez, un libro te perteneció de verdad, y con él, un pedazo de tu historia familiar.
Con respeto y gratitud, el último lector que conoció tu nombre.
Cierro el libro. El sello con tu nombre sigue allí, callado pero vivo. Y yo sonrío, porque los libros antiguos no solo encierran historias en sus páginas: también guardan, entre sus hojas y sus tapas, las vidas fugaces de quienes los amaron y quisieron, y los lazos invisibles que tejen familias enteras.
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| Juan Pardo y su padre Carlos Pardo |
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| En la casa de Boadilla del Monte, Madrid |
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| Reseña de Facebook |
por: fernando cano








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